Antiguo proverbio judío
La más
evidente muestra de la vigencia del presente encabezamiento repetido y
reiterado por cuarta vez y camino de la quinta, se justifica en lo que se está
viendo y oyendo en este mundo de “cabras locas” y “cabrones alocadas”, donde
los sacristanes, en vez de pensar como aquel monaguillo cuando le dijeron que había
muerto el papa, en el ascenso en el escalafón”, se mueren de melancolía al
faltarle su párroco y pareja de hecho y lecho. De los equinos, coces, como las
que dan la gran mayoría de jerarcas y clérigos en todos los estamentos y
ocasiones. Claro está, que al ser tan lerdos, ellos llegaron a creerse que la
única Cruz, símbolo de la iglesia cristiana y en particular de la católica,
cada día menos apostólica y sí más “tano – peronista”, es la “crucecita” de la
declaración de la renta. Al menos, tanto en público como en privado, es por la
que muestran mayor interés y afecto. De ahí que dado su apego a la susodicha
crucecita, no cruz, cada día seamos menos los que la marcamos. Quizás con ello
evitemos que haya “locas sportistas” que financien sus actividades lúdicas en
base a la misma. Y en vez de entonar el “Clavelitos”, canten a dúo o trío, el
“Rosito… dame el clavel…”